sábado, 23 de febrero de 2013

De 'pulgas' de dinosaurio a moscas acuáticas

Mosca fosilizada en ambar
Nuevos fósiles de los géneros Strashila y Vosila ponen en duda la idea de que parasitaran la piel de dinosaurios emplumados y reptiles alados. Un estudio publicado en Nature sugiere que estos insectos extintos eran dípteros que perdían sus alas al salir de la crisálida, copulaban en el agua y morían en el acto. Su característica más extraña es que, según parece, algunos adultos tenían branquias, como las larvas.

Una investigación publicada esta semana en la revista Nature afirma que los insectos de la familia Strashilidae, que vivieron durante el periodo Jurásico en las actuales Rusia y China, no fueron parásitos externos de los pterosaurios ?reptiles con alas? y de los dinosaurios con plumas, como se creía, sino dípteros relacionados con la familia Nymphomyiidae, a la que pertenecen ciertas moscas actuales.

Los Strashilidae han sido ampliamente considerados como ectoparásitos debido a la estructura de su boca y a la presencia de ?pinzas? que utilizarían para fijarse en el huésped. Pero ahora, científicos de centros de investigación chinos, franceses y estadounidenses han desvelado nuevos datos sobre estos insectos jurásicos bastante desconocidos. Para ello han estudiado fósiles de dos especies, Vosila sinensis y Strashila daohugouensis ?esta última, un nuevo descubrimiento?, encontrados en la zona geológica de las camas de Daohugou, en Mongolia Interior (China).

Los investigadores afirman que en la fauna de Daohugou había ectoparásitos ?principalmente pulgas?, pero los Strashilidae no eran parte de ellos, a la vista de las alas membranosas de algunos de los fósiles, la ausencia de pinzas en las hembras y las bocas vestigiales de los especímenes estudiados. Según creen, estos insectos tendrían un ciclo de vida acuático o anfibio.

Las características de los nuevos fósiles parecen indicar que los machos utilizaban las pinzas para fijarse a la hembra durante la cópula, y no para agarrarse a su huésped. La casi ausencia de boca implica que los adultos no se alimentaban, sino que tras salir de la crisálida perdían las alas, copulaban en el agua y morían durante la cópula. Esta idea se ve reforzada por la existencia de dos fósiles de parejas copulando, ambas sin alas.

Apéndices misteriosos

Una de las características únicas y más intrigantes de estos insectos prehistóricos era la presencia de varios pares de apéndices en el abdomen de los especímenes machos, difíciles de relacionar con la locomoción terrestre o el ectoparasitismo.

"Realmente no sabemos por qué estos apéndices sólo están presentes en los machos" declara a SINC el Dr. Huang. "Sin embargo, en una de las especies actuales con las que los strashílidos están emparentados (Nymphomyiidae) se observan apéndices similares que sólo son visibles en los machos. De la misma forma, en una especie fósil de Nymphomyiidae se observan los mismos apéndices en los machos", añade.

La conclusión de los investigadores es que estos apéndices podrían coincidir con las branquias utilizadas en la respiración acuática por algunas larvas de insectos. Es decir, las extensiones podrían ser un remanente de la fase de larva. Aunque existen en la actualidad casos similares, no se conocen ejemplos de adultos holometábolos ?insectos más evolucionados, entre los que se incluyen los dípteros? con filamentos branquiales bien desarrollados y funcionales.

"Si seguimos comparando a los extintos Strashilidae con sus parientes actuales, podríamos desvelar más información sobre la evolución de los insectos", concluye Huang.

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martes, 19 de febrero de 2013

El lagarto de Cuenca de tres metros

Descubren los restos de un animal del Cretácico muy similar al dragón de Komodo y relacionado con las serpientes


Investigadores de la UNED han participado en la descripción de varias vértebras halladas en el yacimiento de Lo Hueco (Cuenca) que parecen pertenecer a una nueva especie de lagarto del Cretácico Superior, hace unos 70 millones de años. Lo peculiar del animal, de unos tres metros de largo, es que se trata de un lagarto terrestre, aunque pertenece a un grupo con hábitos marinos. Dentro de este grupo podría encontrarse el ancestro de las serpientes, lo que reforzaría la idea de un origen no marino para éstas.

Si el origen de las serpientes fue marino o terrestre continúa siendo un misterio. Estos reptiles, junto con algunos tipos de lagartos varanoideos, forman parte del variopinto grupo de los pitonomorfos (Pythonomorpha). Entre ellos se encuentran los mosasaurios, reptiles marinos del Cretácico. El hecho de que el ancestro común de estos mosasaurios viviera en el agua o en la tierra podría ser relevante para conocer el origen de las serpientes.

Las vértebras que un equipo de investigadores de la UNED encontró en el yacimiento de Lo Hueco (Cuenca) en 2007 y que ahora se describen, podrían apoyar la hipótesis de las raíces terrestres de los mosasaurios, y por extensión, de las serpientes.

“Hemos descrito una nueva forma de pitonomorfo del Cretácico Superior que carece de las especializaciones anatómicas relacionadas con la adaptación al medio acuático y que, por lo tanto, era probablemente una forma terrestre”, explica Francisco Ortega, investigador del Grupo de Biología Evolutiva de la UNED y uno de los autores del estudio que se publica en la revista Paläontologische Zeitschrift.

Los mares del Cretácico Superior estaban dominados por reptiles emparentados con el lagarto de Lo Hueco. Sin embargo, el que han encontrado en el yacimiento conquense, de unos tres metros de largo, tenía un aspecto semejante al del actual dragón de Komodo (Varanus komodoensis), un lagarto varanoideo con formas de vida terrestres y no acuáticas que habita en Indonesia.

Que un animal de este tipo viviese en tierra se sale de lo habitual, ya que solo se había documentado otro caso en el Cretácico Inferior de Japón –hace 120 millones de años– con el género Kaganaias. Aunque el reptil de Lo Hueco parece pertenecer a una especie desconocida hasta ahora, los autores del trabajo se muestran cautos y esperan encontrar más restos óseos que confirmen sus datos para proponer un nombre específico.

Un ancestro terrestre

Hasta ahora, algunos autores pensaban que la relación de las serpientes con los mosasaurios indicaba también un origen marino para éstas. A pesar de que la relación se está poniendo en entredicho en los últimos años, el nuevo reptil descrito por científicos de la UNED, de la Universidad de Bonn (Alemania) y del Museo Nacional de Historia Natural (Francia), apoyaría la teoría de que incluso los mosasaurios tendrían un antepasado terrestre, debilitando la hipótesis del origen marino de las serpientes.

“El hallazgo reafirma la hipótesis de que el ancestro común del grupo podría haber desarrollado hábitos terrestres similares a los lagartos varanos actuales”, apunta Ortega. Según esta teoría, el conjunto de reptiles podría haber adquirido progresivamente adaptaciones acuáticas en zonas cercanas a la costa y, posteriormente, haber colonizado el medio marino.

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Aislan las biomoléculas más antiguas encontradas en un fósil

Científicos de la Universidad Estatal de Ohio han hallado las biomoléculas más antiguas encontradas en un fósil. Este descubrimiento se ha producido en los restos de unas criaturas marina llamadas crinoideos, y conocidas como 'lirios de mar', que podrían haber sido enterradas vivas durante las tormentas del periodo Carbonífero, hace 350 millones de años.


Los científicos han creído durante mucho tiempo que las moléculas orgánicas complejas no podían sobrevivir a la fosilización durante tantos millones de años. Sin embargo este hallazgo desmiente estas teorías.

Los expertos han indicado que estas criaturas habrían sido enterradas rápidamente y aisladas del agua por las capas de sedimentos de grano fino que las cubrieron. De este modo, aunque sus esqueletos porosos se llenaron gradualmente con minerales, pero algunos de esos poros, que contenían moléculas orgánicas, habrían sido sellados intactos.

La ubicación de los fósiles también habría sido clave para su conservación. En el medio oeste americano, las rocas no acabaron desplazadas a las cadenas montañosas o calentadas por el vulcanismo, por lo que desde la perspectiva de los geólogos el estado de Ohio, son impecables.

El autor principal del trabajo, publicado en la revista 'Geology', William Ausich, ha apuntado que hay "un montón de fragmentación de las moléculas biológicas --los llamamos biomarcadores-- esparcidos por todas partes en el fósil". Según ha indicado, son los restos de la antigua planta y vida animal, todo roto y mezclado junto".

"Este es el ejemplo más antiguo donde alguien ha encontrado biomarcadores dentro de un fósil completo y se puede decir con confianza que estas moléculas orgánicas provienen de los animales individuales cuyos restos se han encontrado", ha añadido.

Concretamente, las moléculas parecen ser compuestos aromáticos llamados quinonas, que se encuentran en crinoideos modernas y otros animales. Estos compuestos a veces funcionan como pigmentos o toxinas para disuadir a los depredadores.

Ahora, el próximo reto es identificar el tipo exacto de moléculas de quinona que se han encontrado. "Estas moléculas no serán tan buenas como el ADN , pero aún podría ser útil", ha indicado el científico.

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Extinción de especies: ¿es el fin del mundo?

La extinción de especies suele verse como algo que va en detrimento de la riqueza y biodiversidad de nuestro planeta. Una exposición en Londres cuestiona algunos de los mitos entorno a la desaparición de ciertos animales.


La extinción de especies suele verse como algo negativo que va en detrimento de la riqueza y biodiversidad de nuestro planeta.

En un intento por mostrar el lado menos evidente de este fenómeno, el Museo de Historia Natural de Londres, en Reino Unido, inauguró el viernes pasado una exposición titulada ‘Extinción: ¿no es el fin del mundo?’.

‘Todos piensan en los dinosaurios y en los dodos al hablar de extinción. Tendemos a ignorar que se trata de una parte natural de la vida en la Tierra’, le explica a BBC Mundo Alex Fairhead, comisario de la exposición.

‘Muchas veces, cuando un ser muere, puede generar vida. El ejemplo más claro es la extinción de los dinosaurios hace 65 millones de años. Si no hubiese ocurrido, probablemente no contaríamos con la biodiversidad que existe en la actualidad’.

Los científicos calculan que en nuestro planeta viven entre dos y diez millones de especies, pero sólo conocemos con certeza a alrededor de 1,9 millones.

Por cada millón de especies en la Tierra se estima que hay una que desaparece cada año debido a lo que se conoce como extinción de fondo, que ocurre cuando las especies no se logran adaptar a los cambios que se dan en su hábitat.

Según la exposición, más del 90% de las especies extintas desaparecieron por estas causas. El resto, tuvieron un final más alífero: murieron en los períodos de extinción masiva.

‘Lo interesante es saber que, por encima de todos estos cambios, existen especies que han logrado sobrevivir a la extinción, muchas de ellas sin presentar grandes cambios evolucionarios’, cuenta Alex Fairhead.

Los supervivientes
La exposición recopiló algunos ejemplos de especies que han logrado sobrevivir contra viento y marea, con la intención de generar interrogantes a tener en cuenta en el futuro.

¿Qué podemos aprender de los ‘afortunados’? ¿De qué manera sobreviven?

Y, teniendo en cuenta a los ganadores y perdedores en el pasado, ¿se puede deducir cuales serán los del futuro?. Son preguntas que el Museo de Historia Natural de Londres pretende generar en sus asistentes.

El cangrejo herradura, un quelicerado de la clase Merostomata, es uno de los supervivientes.

La exposición compara a un ejemplar actual con fósiles ancianos de la especie, que datan de hace aproximadamente 450 millones de años. Su semejanza es sorprendente.

‘Creemos que su sangre a base de cobre, capaz de sanar con rapidez sus heridas, ha sido fundamental para su supervivencia. Es interesante observar cómo no ha necesitado evolucionar para seguir viviendo’, dice Alex Fairhead.

Otro ejemplo es la tortuga laúd. Perteneciente a la familia Dermochelyidae, lleva en la Tierra más de 110 millones de años, sin haber sufrido mayores cambios.

La fortaleza de su caparazón y su capacidad para pasar hasta 12 meses sin comer, son algunas de las explicaciones que, según sugiere la exposición, sirvieron para su supervivencia.

Especies que regresaron de la muerte
La exposición también explica el caso de algunas especies que el Hombre dio por muertas durante largos períodos de tiempo, para después descubrir que aún seguían en la Tierra.

Uno de los ejemplos expuestos en el museo es el celacanto, un pez de aletas lobuladas y gran tamaño que se creía había desaparecido hace 65 millones de años.

Como por arte de magia, en 1938, Marjorie Courtenay descubrió uno en Suráfrica. En 1998, se localizó una especie relacionada en Célebes (Indonesia).

Otro ejemplo es el búho Athene blewitti, que había sido visto por última vez en 1884, para después redescubrirse 113 años después, en 1997.

‘Este tipo de ejemplos, sumados a las limitaciones humanas para rastrear e identificar a todas las especies del planeta, sugieren que pueden haber otras especies que creemos que están extintas y no lo están, así como una gran cantidad de especies por descubrir’, señaló Alex Fairhead.

Casos exitosos de conservación
Es evidente que el comportamiento del hombre ha tenido una gran influencia en la extinción de especies.

Casos como el de la desaparición de la paloma migratoria, que desapareció en 1914 debido a la caza masiva, están expuestos en el museo.

‘En 1978, el hombre mataba a alrededor de 50.000 palomas de esta especie al día y su carne se vendía a un precio muy económico’, explica el museo.

Otro ejemplo de efecto perjudicial -presente en el museo- es cuando el hombre se lleva consigo especies invasivas (como perros, ardillas y gatos) a islas o zonas en donde existen animales que nunca han convivido con los nuevos inquilinos, resultando en su desaparición.

Sin subestimar este impacto -en algunos casos catastróficos- la exposición celebra los ejemplos en que la intervención humana ha logrado salvar a especies.

Es el caso del órice de Arabia, una especie de mamífero artiodáctilo típicamente desértico. Según la exposición, en 1972 únicamente existía en los zoológicos.

Pero gracias a diversos programas de reproducción en cautiverio, en 1982 fueron reinsertados a su hábitat natural. Hoy en día existen alrededor de 1.000 en libertad, y 6.000 en zoológicos.

Otro caso interesante es el del pez Cyprinodon alvarezi, de la familia de los ciprinodóntidos. De tamaño diminuto, se creía que ya no estaba presente en hábitats naturales, hasta que hace unos años, lograron identificar y salvar a una población en México.

El museo cuenta con algunos ejemplares vivos de este pez: ‘Creemos que tener un elemento vivo en una exposición de un tema que generalmente se relaciona con la muerte, ayuda a ilustrar lo que intentamos expresar’, apunta Fairhead.

Ante lo expuesto anteriormente, el museo genera interrogantes sin una única respuesta, con el fin de echar a volar la mente de los espectadores.

En tiempos recientes han desaparecido un gran número de especies. Desde 1500, los registros indican que han desaparecido 801, pero debido a que es posible que desconozcamos la existencia de muchas, podrían ser muchas más.

Aunque los números no corresponden a una extinción masiva, algunos científicos creen que si continúa el ritmo y las condiciones actuales, es posible que lleguemos a ese punto, incluso en algunos cientos de años.

¿Puede ser que seamos los responsables de la próxima extinción masiva? ¿Debemos tomar medidas para evitar que algunas especies desaparezcan?

Y si es así, ¿priorizamos a las especies raras, como el tigre, o a aquellas que contribuyen al equilibrio del ecosistema y por tanto a la supervivencia del hombre?

Son preguntas que deja en el aire el Museo de Historia Natural de Londres, resultando en una pregunta final: si continúa la extinción de especies que contribuyen a nuestro bienestar, ¿es posible que algún día lleguemos al momento de nuestra propia extinción?

BBC Mundo.com

sábado, 16 de febrero de 2013

Investigadores indican que la evolución le trajo varios inconvenientes al ser humano

Problemas en las mujeres al dar a luz, muelas del jucio, dolores de pies y de espalda están vinculadas con el proceso.


El andar bípedo, el gran cerebro y otras conquistas evolutivas hicieron del ser humano una de las especies mamíferas más poderosas de la Tierra.

Pero la evolución a lo largo de millones de años también trajo aparejadas desventajas, según apuntaron investigadores reunidos en Boston.

Al crecer el cerebro, también aumentó el diámetro de la cabeza, comentaron los investigadores en el congreso celebrado por la mayor asociación científica del mundo, AAAS. "Ninguna otra especie (de mamíferos) corre un riesgo igual al parir que el ser humano", apuntó la antropóloga Karen Rosenberg, de la Universidad de Delaware.

Muchas mujeres que deben dar a luz en sitios donde no se cuenta con atención médica corren el riesgo de sufrir serias complicaciones y hasta puede correr peligro su vida.

Los investigadores también señalaron que algunas de las dolencias más frecuentes de los humanos, como ser problemas con las muelas de juicio y dolores de pie y de espalda también están vinculados con la evolución.

"Sufrimos con más frecuencia inflamaciones de las articulaciones que los simios antropomorfos", estrechamente emparentados con el hombre, dijo Bruce Latimer del Museo de Ciencias Naturales de Cleveland.

A raíz del bipedismo, los hombres son los únicos mamíferos que pueden sufrir una desviación de la columna vertebral, como la escoliosis. Hasta el fósil conocido como "Lucy", un Australopithecus afarensis de 3,5 millones de antigüedad, revela indicios de escoliosis.

Con el crecimiento del cerebro, de un litro en los comienzos del género Homo hasta un volumen de hasta 1,6 litros en el hombre actual, también cambió la forma del cráneo. Se modificó la dentadura por lo que empujó a las muelas de juicio hacia afuera, explicó el antropólogo Alan Mann de la Universidad de Princeton.

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viernes, 15 de febrero de 2013

Científicos comprueban la existencia del Hombre Denisovsky


Investigadores rusos han confirmado la existencia de un nuevo homínido, tras varios años de estudiar los restos encontrados durante una exploración en las cuevas de Denisova, cerca de Siberia.

Así lo ha informado Mijaíl Shunkov, subdirector del Instituto de Arqueología y Etnografía de la Academia de Ciencias rusa, quien señaló al respecto: “Podemos dar por demostrada la existencia de una nueva población de personas antiguas”.

El hallazgo se ha podido confirmar luego de que en 2008 un equipo de antropólogos encontraran en el sur de Siberia los restos de una niña con 50 mil años de antigüedad, descubriendo que el ADN extraído de uno de sus dedos contenía una secuencia inusual a la conocida. Por otro lado, la morfología de uno de su dientes, dio otras pistas de que podría tratarse de un espécimen de homínido nunca antes visto.

Sin embargo, ha sido hasta ahora que los últimos análisis del genoma nuclear, han permitido confirmar que se trata de una nueva especie relacionada al Homo Sapiens, a la cual se ha bautizado como Denisovsky, en honor al lugar donde fue encontrada. Los estudios también han revelado que estos homínidos tenían ojos marrones, cabello castaño y piel oscura.

Un fósil de pterosaurio del cretácico tardío hallado en perfecto estado


Un equipo internacional de paleontólogos rumanos, británicos y brasileños ha descubierto en Rumanía los restos fosilizados de un pterosaurio de la familia de los azdárquidos. Se trata de un reptil volador que existió en el período cretácico tardío, hace unos 68 millones de años.

El descubrimiento es más importante de lo que en principio se pensó debido al perfecto estado de los huesos fosilizados. que suelen ser muy frágiles.

Las excavaciones han sido realizadas en la meseta de Transilvania famosa por su variedad de fósiles Este reptil alado de cuello y pico largos, tenía una envergadura que unos 3 metros, podía volar y caminar a cuatro patas y pesaba menos de 10 kilos.

Matei Vremir es uno de los paleontólogos que ha realizado este descubrimiento:

“Es uno de los descubrimientos más completos del cretácico tardío en Europa, Estos huesos son huecos y es difícil que se preserven en las rocas geológicas. Como tienen paredes muy finas, en cuanto se tocan se quiebran. Por eso es excepcional que se haya conservado parcialmente este esqueleto”.

“Este fragmento tiene las marcas de una mordedura de cocodrilo. Hay astillas afiladas por aquí. Estos son los huesos de las alas. Este es un hueso metacarpio que está muy alargado en los Pterosaurios. En los humanos, los huesos que corresponden a esta parte serían las falanges de las manos.”

Los pterosaurios vivieron entre los dinosaurios y se extinguieron casi al mismo tiempo. Vivían en los bosques donde abundaban las pequeñas presas.

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